La cueva

Rosario (Charo) se encontraba sentada en el suelo abrazando con fuerza sus piernas, tenía la mirada ausente y los ojos enrojecidos.
La monja se acercó a ella para increparla, pero ella no se inmutó, alterando así la incapacidad psicológica de la religiosa que acabó dándole un bofetón mientras le gritaba — ¡¡Se lo voy a decir a la madre superiora!!
Era costumbre muy extendida aplicar correctivos manuales, educativo, decían.
Y a Charo le estaban inculcando toda la educación posible.
Ella era una buena niña, pero confusa. Había estado sometida a tantos cambios que no conseguía entender qué dirección tomar y con razón, ya que en todas le llovían palos.
De origen humilde, inteligente y educada, en ocasiones, se cuestionaba por qué. Por qué tenía ella que seguir las pautas que otros le marcaban. Por qué tenía que seguir las tradiciones. Por qué había estatus y por qué tenía que bajar la cabeza al hablar, si ella no había hecho nada malo…
El miedo se convirtió en su dueño. Miedo al ridículo, al desprecio, a la extrema pobreza… Pero, sobre todo, tenía miedo de las miradas. Decía que se le clavaban en la espalda.
Una vez entró en pánico frente a la puerta, incapaz de abrirla para salir, lo intentó muchas veces pero fracasó. Tenía sueños recurrentes. Soñaba que debía asistir a una fiesta obligatoriamente y alguien le prestaba un vestido largo de colores alegres. Se veía bonita.
La fiesta la pasó sentada, rechazando invitaciones para bailar.
De pronto alguien comenzó a reír a carcajadas mientras gritaba — ¡¡¡No tiene zapatos!!!
Pasó de los miedos a la rabia a medida que maduraba y se declaró en rebeldía. Le salió caro. Pero fue aquí donde comenzó a construir su “cueva.”
El hielo erosionó su corazón y endureció sus pensamientos hasta convertirlos en roca.
Sabedora de los efectos que producían sus acciones, encontraba en esa contrapartida cierta satisfacción, era motivador, estaba en el lado bueno.
El día de navidad (con minúscula en su honor) como era tradición, se representaba el Belén viviente con todos sus personajes.
¿Han creído los lectores que el papel de virgen lo interpretó Charo?
¿Imaginan quién no le besó jamás el anillo al obispo?
Charo se construyó una cueva dentro de sí misma y no quiso ponerle puerta.
¡Qué alegría me ha dado encontrarte! Resulta sorprendente, ayer estuvimos hablando de ti y hoy el azar te ha puesto en mi camino, estoy muy contenta de verte, ven a sentarte con nosotros.
Dolores se pasa el día entre botones, agujas, blondas y corchetes, es propietaria de una mercería desde hace cinco años. Cuando cierra a mediodía suele tomarse una tapa en el bar que hace esquina, justo el sitio donde se encontró con Isabel, amiga de la infancia con la que ha compartido tantas cosas y a la que un día perdió de vista.
Isabel: ¿Sabes algo de Charo?

“A veces el río nos llama
A veces el río nos llama con insistencia
Y a veces vamos…
Seguimos la huella de un pájaro
Y creemos volar”

Porque las cuevas sirven para dar cobijo por eso no tienen puertas

Luisa Venteo Díaz, ateneísta.

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